domingo, 6 de julio de 2014

EL CAMINO ENGAÑA

EL CAMINO ENGAÑA

Yo nací errabundo para andar por el camino de la luz y de la sombra,
atajo de guiños terrosos que el paseo tapiza y el paisaje nombra.

Yo nací para abrazar con el pie la angosta e interminable travesía
que avanza sobre el polvo amarillo, polvo en que se embarca, polvo que es su guía.

Yo enfrenté el sendero prendido en llamas dulces, también ateridas
en la fría calidez de nubes,al sol candente, derretidas.

Yo abrí, casi niño, la difusa cancela que accede a la senda
cegadora en lo inmediato, hechicera mano, cristalina venda,

ambiguo manantial que oculta la prístina certeza de un paisaje
negado al tacto de mostrar los primores o el desdoro de su encaje.

Hubo de ser el trotar encandilado del deseo, yacimiento
de la primera ilusión, del primer desencanto y del primer lamento,

del imprevisto emboscado traspié en el que no se ve la casual piedra
que a algunos entorpece, a pocos impulsa y a muchos más arredra,

cual si el embrujo de mágica celada al alma les desorientase
quitando a la armonía la nota o el hurto verbal desde la frase.

Cuanto dicen mis labios porfiados hablan sólo, tan sólo del camino
que es principio de todo, del paso por la vida, su instante y su destino.

En tanto, mis ojos labran como arañas las telas del don de la vida
por dar a mis zancadas el perfil de la ilusión ardiente y contenida.

Y he andado largo tiempo detrás de la voz tersa de vagos recovecos
que me atraen, imán ataviado de añoranzas consumidas por los ecos.

Y he buscado a ciegas superar en el vivir un desabrido desaliento
que apaga el alma a cada paso y a cada paso la intoxica de lamento.

Y he querido, por tal, hallar en mi andadura, el perfil de una vidriera
que, al mirar tras ella, la pupila advirtiese que el paisaje mintiera.

Pues no es todo angostura cuanto debe esperarse de su letanía,
y se han de hallar mil razones que embauquen al alma porque ésta sonría,

ya que atajos hay que a la vista no están y desean dar otra apostura
al paso de la vida, porque el andar del alma despinte su amargura

y encienda de alegres vericuetos el paisaje ahora angosto y diluido
por el ojo engañado, por la ilusión raptada y por el rumbo fingido.

Con la mente impregnada en estos pensamientos iluminé cada paso
y vi florecer la senda de tonalidades que, dormidas acaso,

hasta entonces no pensaron en ser advertidas al gesto de mis ojos
en sus pensares verdes, sus azules perfumes o sus latidos rojos.

Acabó para siempre la pérfida calumnia, hostil quebradero del paisaje
que hasta entonces quiso tener aterida la estela confundida de mi viaje.

Y advertí cosas que, dulces y amables, yacían inadvertidas por mi instinto
dictándome los modos de conseguir desenhebrar el urdido laberinto.

Luego, una mano suave despertó con tacto y ternura mis sentidos
hasta conseguir mutar mis inciertos pasos en brillantes latidos.

A la mano propicia di mi mano y con ella urdí mi travesía.
De su mano voy desde entonces, y enredada a la suya va la mía.




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