jueves, 23 de abril de 2015

RETRATO EN POESÍA


Retrato en poesía

Quiere filtrar un trazo de grata locura
todo cuanto se labra en su caligrafía
y ara en el vasto bancal de la poesía
por donde cada letra una verdad murmura.

Tal vez su trinar es semilla que levita
en un surco de aire de páramo placiente
como libada en todo corazón ausente
de cuanto no abreve en lo asceta y eremita.

O tampoco quizás es la persona al uso,
en tanto que transita con los pies desnudos
y con la lengua inquieta y con los ojos mudos...
nobles atavíos de bardo que se puso.

Más es voz de voz pura, allende la calima,
divagar alzado desde el pie a la cabeza,
lenguaje complacido en tronar la belleza
de la verdad catapultada por la rima.

miércoles, 8 de abril de 2015

UTOPÍA

Utopía

Anoche, soñando, vi que a las gentes
un varón fervoroso en su tribuna
entonaba mil cosas y ninguna
dejó de ilusionar a los presentes.

Así, miles de oídos complacientes
y convencidos por la voz que aúna
el arrojado afán y la fortuna,
al “Demóstenes” fiaron diligentes.

Ya electo el orador, en su trinchera
grata que anidar suele el zahareño,
cumplió con todo cuanto prometiera.

Admirable actitud, loable empeño
de quien no es un político cualquiera,
pero que siempre está sólo en el sueño.

lunes, 2 de marzo de 2015

YO NO SOY MARINERO AL USO



Yo no soy marinero al uso


Yo no soy un marinero como otro cualquiera;
nunca lo he sido.
Ni anduve por el mar bebiendo olas tan siquiera,
meciéndome en ellas ni su, me ha estremecido,
voz bolinera.
No soy de esa gente que el salitre tanto entiende
y que ha vivido
asidua oliendo en ese aire grueso que es el duende
de la singladura que amanta un térreo olvido
que desatiende.
No he ido en esa nave que el viento navegara
bamboleante,
ni quise ser grumete que presto se alistara
a beber la sal del agua y creerse almirante
de faz preclara.
No herí en mi senda mar alguno, ni al abordaje
vi su embeleso,
ni he sentido la pena de Alberti: el blanco traje
que en su marinero cántico nunca hizo el viaje
de sal obseso.
Porque no soy ese, ni marinero es mi aliento
que va al socaire
de agua embravecida, en calma, o engarzada al viento,
yo no navego así, navega mi pensamiento
bogando el aire.

viernes, 27 de febrero de 2015

SOBRE UNA REFLEXIÓN



“La persona amable es esa que, a cambio de nada, nos ofrece terrones de azúcar para que se diluyan dentro de nuestras ilusiones”


Hay gente que va dando terrones de azúcar,
del mismo modo que el aire regala una caricia
o que un puerto sonríe al barco que se acerca.
Hay gente así, mesando los cabellos de los otros
con los dedos hechos de sonrisa y fantasía.
Hay gente tan sensible y tan amable
que en vez de cortar flores, planta flores,
no en los jardines donde tantas nimban,
sino en el páramo triste de un infeliz retiro.
Hay gente que no mira lo que guarda dentro
porque más le place la lisura que ofrece:
una mirada, un guiño, un gesto, una sonrisa,
que, cual aves de presa, se posan en el alma
de quien guarda, en sus gajos, desencantos.
Hay gente que va dando terrones de azúcar
para endulzar el sinsabor de la melancolía,
donde el sol de la mañana sea sol en la mañana
y los anocheceres soplen besos tan límpidos
que, como azucarillos, convenzan a lo amargo.

martes, 24 de febrero de 2015

CAUTIVIDAD


Cautividad

Vivo en mí, sabedor de que me muero
y no muero sabiendo que en ti vivo,
mas, no besar tus labios sólo quiero
pues algo, sabes bien, llevas cautivo.

De ese placer jugoso no exonero
al ensalmo de un beso primitivo.
Quiero hurgar el sabor de ese misterio
que duerme en lujurioso monasterio.

viernes, 20 de febrero de 2015

COMPROMISO


Compromiso

En almas rotas pongo el pensamiento
de corazones en arpas que gimen,
mi voz está hecha de notas que rimen
con desdichas soñando aliviamiento.

Busco hacer de mi pluma el instrumento
que ofenda a la tristeza y ser el crimen
complaciente, desangrador del himen
de todo cuanto engendra sufrimiento.

Grita mi verso un llanto de emociones
que este corazón a otros corazones
cobija como a hostia la patena.

Loa mi pluma al alma dolorida
y lo mismo que al himno de la vida
va en su palabra un grito por la pena.

viernes, 30 de enero de 2015

Herida


Herida

Esta herida que me duele y duele no es mi herida,
aunque se confunda enamorada de mi cuerpo;
es el raro latir de un extraño a pecho abierto
en un dolor vaporoso que dolor destila.

Y no deja de sangrar, lo mismo que una fuente
surtidora de un agua teñida de corinto,
color que tornasola los tiempos infinitos
de ausencia que retoza bordada en aguafuerte.

Herido estoy, tú eres tal herida, tú eres eso
y esa tristeza que me regalas, enamora
la pluma del poeta que embebida transborda
del tintero al papel su mejor logrado verso.

Es ese suplicio, de tu amor, lo que me queda,
la franja de pasión que tras mis iris cintila,
el fuego ya apagado que sus destellos brillan
en la vítrea memoria que aún crepita ingenua.

Llaga que por ti es llaga y, por ti, no tiene cura,
pena que, por ti, es pena doliente que no amaina,
tristeza que mi cuerpo no quiere que se vaya
de un calvario que no ansía mitigarse nunca.

Mujer, sólo es herida
lo que de ti me queda.
Ya no estás... pues que duerma
en mi piel y en mí siga.





domingo, 11 de enero de 2015

Antiparaguas


                                                       Antiparaguas

  Son las diez de la noche y suena el teléfono en la sección local del Instituto meteorológico.
¡Riiiinnnggg...! ¡Riiiinnnggg...!
—Buenas noches. Dígame...—responde una cansada voz femenina.
—Buenas noches —el hombre que llama, en tono cordial, no se anda con preámbulos y va directamente al grano—¿Sería usted tan amable de decirme qué tiempo hará mañana?
Tras unos instantes de silencio, la voz de antes responde.
—Ah, pues mire, no sé qué decirle. Yo me encargo de la limpieza. Ya pasan de las diez de la noche y aquí no queda ni un alma.
—Pero, la suya si que está... vamos, digo yo.
—Que sí, que sí... la mía sí, pero es que yo no soy meteoróloga.
—Creo que tampoco hay que serlo para saber eso. Además, algo habrá oído comentar antes de que los expertos se fuesen.
—¡Ah, es cierto! Se habló bastante de ello al enviar el informe a las televisiones. La previsión es que mañana lloverá, o, en caso contrario, que no habrá lluvia.
—Pues me deja usted tal cual. Esa probabilidad no despeja mi incógnita y me hace polvo.
—Precisamente ahora estoy yo desempolvando pluviómetros, barómetros, termómetros y otros“ómetros”.
—!Qué puñeta! "Ometróricamente" hablando, claro —breve pausa—. Hágame un favor. Quite bien el polvo al pluviómetro a ver qué dice.
Transcurren unos segundos y la mujer responde.
—Pues no ha dicho ni mú.
—¡Vaya por Dios! Es que mañana tengo que salir, ¿sabe?
—Pues lleve paraguas, por si acaso.
—Es que soy muy tímido y me da mucha vergüenza que me vea bajo él la gente de la vecindad.
—Póngase una gabardina.
—Es que no tengo. Por eso quiero saber si lloverá, para entonces hacerme una tortilla.
—¿Una tortilla? —pregunta sorprendida la mujer.
—Exacto. Esa es la razón por la que quiero estar seguro de si habrá tormenta. Así ya la dejo hecha esta noche.
—Pero... y eso para qué...
—Para no mojarme, como el paraguas me incomoda tanto, me pongo la tortilla de sombrero.
—¿Y no le da reparo llevar puesta una tortilla en la cabeza?
—No. Es que la hago francesa y allá casi nadie me conoce.
—A mí me pasa algo parecido. No tengo amistades en Francia.
—Yo tengo tan sólo un amigo allí. Y hace lo que yo: se prepara una tortilla, aunque española, para echarse a la calle los días de lluvia.
—Pues, en invierno, lo que se gastarán ustedes en huevos...
—Él no tiene problema. Lleva tiempo viviendo con una gallina.
—¿Y usted no?
—Yo tengo un gallo inglés en casa, pero está rebelde. No pone nunca.
—Es que los ingleses son muy suyos.
—Eso he oído. Bueno... voy a hacerme esa tortilla con los tres huevos que me quedan. Espero que sean suficientes porque yo tengo la cabeza bastante grande.
—No olvide ponerle una pizca de perejil, que queda más rumbosa.
—Gracias, pero perejil no le pongo, porque me da acidez. Y luego en vez de lluvia normal, tendría que sufrir los efectos de la lluvia ácida.
—Pues mire; se me ha hecho la hora y apenas he aviado. Tengo que colgar. Ya le he oído decir bastantes tonterías, ¿sabe...?
—Cuelgue, cuelgue usted, que yo seguiré hablando otro rato mientras se calienta el aceite.
   ¡¡Tú, tú, tú, tú....!!



martes, 18 de noviembre de 2014

Regalo de cumpleaños



Regalo de cumpleaños


   Aquel señor, de mediana edad, elegantemente vestido, con abundante pelo engominado y de modales exquisitos, entró en la tienda de música. Pronto sería el cumpleaños de su esposa y quería regalarle su instrumento musical preferido. Una dependienta se dirigió a él dispuesta a atenderle. Era una joven muy simpática.
—Buenos días, señor. ¿En qué podemos servirle?
Él la miró un breve instante antes de preguntarle.
—¿Sabía que es muy simpática?
Ella miró a todos lados, preguntando.
—¿Quién?
—Usted, desde luego.
Quedó algo confundida. Normalmente eso se suele decir cuando el cliente queda satisfecho, haya decidido o no hacer la compra. Parecía como si aquel caballero hubiera empezado por el final. Abrió la boca con cierto aturdimiento y exclamó un apenas perceptible:
—¡Ah...!
—Es algo que le deben haber dicho muchas veces. Yo, igual que imagino que muchos otros clientes, lo he sabido por el narrador.
Ella volvió a sentir algo de confusión.
—¿Por el narrador? —preguntó, no entendiendo nada.
—Sí —intentó aclararle—. En la descripción de mi entrada en el establecimiento, el narrador apuntó que usted era una joven muy simpática.
Ella lo miró esta vez, haciendo un gesto que sugería haber comprendido en esta ocasión.
—Ahora sí que le entendí —y se le acercó un poco para hacerle una confidencia al oído—. Pero no le haga usted mucho caso. En realidad es mi tío y siempre está con la misma cantinela... no creo ser tan simpática como dice él.
—Pues a mí me lo parece —respondió él con espontánea amabilidad.
Ella se sonrojó levemente.
—Tendré que hablar con él —dijo para justificarse—. Hace que me salgan los colores.
Esta última frase de la dependienta, pareció recordar al cliente para qué había venido al establecimiento.
—Y hablando de colores... ¿Tienen ustedes flautas?
—Por supuesto que sí, señor. En una tienda de música no puede faltar ese instrumento.
—¿Y en una orquesta? —preguntó intrigado.
—Creo que tampoco —respondió dubitativa la muchacha—. Salvo que el director le tenga manía, digo yo.
—Me parece odiosa una persona que la tome con la flauta —dijo molesto con esa posibilidad—. Por muy director que sea no tiene derecho a...
—Es una falta de respeto musical —intervino ella para darle la razón—. Creo que eso lo dijo el flautista de Hamelín en una de sus conferencias, que siempre concluía interpretando madrigales.
El hombre pareció llevarse una sorpresa.
—¡Qué me está diciendo! —exclamó aturdido—. ¿Que el flautista de Hamelín tocaba la flauta? ¡Eso sí que no lo sabía yo! ¡Hasta ahí podíamos llegar!
Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza, añadiendo.
—Y daba conferencias acerca de cómo cazar ratas con ella.
El cliente pareció sulfurarse oyendo estas puntualizaciones.
—¡Ah, no! —dijo bastante excitado—. Entonces no me interesa regalarle una flauta. Me imagino a mi mujer llenándome la casa de ratones. ¡Ni flautas, ni gaitas! Mejor, póngame un pandero.
  Una vez envuelta y pagada la compra, el hombre se fue con una sonrisa satisfecha. La dependienta lo despidió, como siempre hacía, según la descriptiva de un servidor, su tío, simpáticamente.

martes, 28 de octubre de 2014

CAMBIO DE PERSONALIDAD



                                     Cambio de personalidad


En el patio del manicomio un Napoleón observa su tropa.
—¡De frente! ¡Atacad! ¡Carguen bayonetas...! ¡Todo el mundo al suelo! ¡El resto al asalto!
—grita su lugarteniente y los locos cumplen todas las órdenes con arrojo. Sus rostros están desencajados por el esfuerzo.
—¡Esto es disciplina y lo demás son cuentos! —piensa Bonaparte, acariciándose el ombligo con los dedos que siempre lleva escondidos bajo su impoluta guerrera.
Ya extenuados, Bonaparte ordena que se les de un rato de descanso. Muchos de ellos hablan con su inmediato superior, el que les manda; lo hacen agotados, moviendo los brazos en actitud de queja.
Tras escucharles y recoger sus protestas, el mando intermedio camina decidido a transmitir las reivindicaciones de los locos a su general.
—¿Qué ocurre, Gonlazeur? —le pregunta en un tono torpemente afrancesado.
—Señor, le insisto en que me apellido González.
—Bien, Gonzaléz... —persiste en su gabacha puntualización— ¿Qué se habla en filas?
Disculpe vuecencia —responde el subordinado, cuadrándose—. Que la tropa dice que está hasta los huevos de tanta instrucción y de tanta leche. Que por qué no se mete usted a monje franciscano y nos deja en paz de una puñetera vez...
—¡Oh, mon Dieu...! ¡Para eso habrá tiempo cuando esté en Santa Elena!
—Pues la soldadesca se empecina en que os diga y haga esto: ¡Que os den! —le vira la espalda y se va, tras hacerle una peineta.
Bonaparte se siente vejado y sorprendido. Se pasa la mano que tiene libre por la barbilla y exclama para sí:
—¡Ni en Waterloo sufrí una humillación tan bochornosa! Esto me obliga a cambiar de aires. Tengo un antifaz que me viene al pelo para no ser reconocido. Todos van a sentir en sus carnes el efecto de mis supercherías... ¡Jajaja! A partir de mañana me convertiré en la Pimpinela Escarlata y les haré la vida imposible. ¡Que se jodan por desertores!

lunes, 13 de octubre de 2014

CELOS


                                                                     CELOS

No sabría decir por qué. No tenía la certeza absoluta, pero sí el presentimiento de que, últimamente su mujer le engañaba con otro. Era muy doloroso para él vivir con esa sensación que no le dejaba respirar. Eran quince años de matrimonio y él, durante todo ese tiempo, le fue absolutamente fiel. Nunca pasó por su cabeza la idea de flirtear con fémina alguna y eso que la vida le había hecho muchas propuestas en ese sentido. Nunca dejó de estar enamorado y nunca hasta hacía sólo un año comenzó a percibir aquella ingrata y amarga posibilidad. Cada día se enfrascaba en el mundo de sus pensamientos y los recuerdos gratos le llovían a borbotones; no encontraba un sólo instante del día y de la noche en que la dulzura y la honestidad no hubiesen estado presentes hasta que comenzó a darse cuenta de aquel detalle que se le había clavado en el alma. Siempre fue una mujer hermosa y, con el paso del tiempo, se daba cuenta de que su belleza iba en aumento. Sentía celos, unos enormes celos lo devoraban con avidez. No se merecía sufrir tanto dolor. Además, ella siempre estuvo enamoradísima de él, así que se devanaba los sesos por entender cómo en una esposa tan subyugada podían advertirse gestos que parecían últimamente a escondidas mostrar lo contrario. ¿Podría estar la razón en que no habían tenido hijos? Desechó enseguida esa razón. Siempre se habían amado intensamente a pesar de no tenerlos. ¿Por qué ahora tenía que ser de otro modo? No. Seguro que no era eso. En sus muchas meditaciones, llegó a pensar que finalmente podía haberse cansado de él. Pero, entonces, ¿por qué no era franca y, por doloroso que fuese, no se lo decía y le solicitaba el divorcio? Hubiese preferido eso a que le estuviese compartiendo dentro de la pureza del matrimonio con otro hombre. Pero todo indicaba que lo hacía. Si no fuese así, ¿por qué razón en el último año, de los cinco que venía haciéndolo, le visitaba cada día a poner flores en su tumba acompañada de aquel varón tan atractivo?

jueves, 2 de octubre de 2014

El extraño caso...


                                                   El extraño caso del recluta obtuso


Aquel recluta era torpe. Muy poco atinado se mostraba cada día durante las horas de instrucción. Todos desfilaban con marcialidad, menos él. El sargento gritaba: ¡Izquierda! ¡Ar! Y cada soldado efectuaba el giro en la dirección ordenada; todos, menos el inepto, que lo hacía incomprensiblemente hacia el lado opuesto. ¡Derecha! ¡Ar! Y el de siempre contrariaba el movimiento de los demás. ¡Media vuelta! ¡Ar! Y el negado se decidía, inconsciente, por dar la vuelta entera.
—¡Pero, vamos a ver, zoquete! —le gritó el suboficial, indignado y a punto de mandarlo al calabozo—. ¿Pero es que tú no sabes dónde tienes la mano derecha?
—¡A sus órdenes mi sargento! —respondió éste, cuadrándose—. La mano derecha, sí que sí... y hasta la izquierda. Con lo que suelo tener problemas es con las piernas. Me hago un lío con ellas, ¿sabe?
—¡Arrestado por cachondeo!
Cuando un mes más tarde se le levantó el castigo, pudo saberse que el pobre muchacho tenía los pies invertidos; el derecho en el tobillo izquierdo y viceversa.
—¡Pues en las maniobras, que ese valioso soldado sea el último de la fila para despistar el rastreo del enemigo que nos venga por retaguardia! —ordenó un coronel satisfecho y orgulloso de aquella singular circunstancia. Muchas victorias se obtuvieron así, utilizando una nueva táctica de falsa retirada, ya que los oponentes no adivinaban la verdadera dirección de a quienes seguían. Por tal, se propuso que se le concedieran dos medallas al mérito pedestre, pinchada cada una en sendas botas, en torno a las cuales, admirados, porfiarían luego por embetunar muchos tenientes y capitanes. Fue un día triste para todos los mandos cuando salió licenciado. A más de un oficial se le saltaron las lágrimas.
Por todas estas razones, en adelante, cuando en cualquiera de los tres ejércitos algún recluta, durante la instrucción, realiza un movimiento equivocado, el sargento o el cabo primero de turno, se tiran sobre él con la ilusión de desamarrarle las botas, ansiosos por ver si sus dedos gordos están lo más alejados posible uno del otro. Es tanta la añoranza, que se le lanzan igual que si fuesen pescadores de perlas.

jueves, 25 de septiembre de 2014

EL PIERCING




                                                                El piercing

    Desde los quince años o antes, Rosa María de los Dolores estaba loca por tener un piercing en el ombligo, pero sus padres nunca se lo permitieron. Fue pasando el tiempo, llegó a la mayoría de edad y entonces pudo decidir por ella misma. ¡A ver quién iba ahora a poder poner impedimentos a su deseo! Justo el día que cumplió los dieciocho, se personó en una tienda especializada para, por fin, poder cumplir su sueño. La sorpresa fue enorme al recibir la respuesta del especialista, diciéndole que no se podía hacer tal cosa.
—¡Pero si hoy la mayoría de las mujeres lo llevan!
—Eso es bien cierto —fue la concisa respuesta—, pero, por las razones dichas, en este taller no podemos ponérselo a usted. Ni creemos que en ninguno puedan hacerlo.
—¿Simplemente por ese motivo se justifica que no me pinchen un piercing en el ombligo como a cualquier persona decente?
En la pregunta se advertía un tono de alteración y nerviosismo. Era su mayor ilusión lucir aquella minúscula pieza en su ombliguito femenino.
—Sí. Es razón suficiente para que no podamos hacerlo.
—Pues iré a otro sitio. La ciudad está llena de chiringuitos como éste.
Y se fue malhumorada, pero decidida a que, primero sus padres y, luego, un taller sin argumentos convincentes, le privaran de satisfacer el mayor de sus anhelos.
Pero le pasó lo mismo en el siguiente intento y en el otro y en el otro...
No se discutía el precio, ni tan siquiera un diseño caprichoso. En todos los lugares visitados le daban la misma tonta respuesta. Estaba desesperada.
No le quedaba ya para conseguirlo, más que un último taller. Y a él se encaminó tremendamente desconfiada. Volvió obtener la misma réplica que casi la hizo desvanecerse.
—¡Pero, por qué... por qué ustedes, ni nadie intentan esmerarse y colocarme ahí el dichoso piercing?
—Podemos ponérselo en otra parte. ¿No le gustaría lucirlo en un lóbulo? Ahí le quedaría precioso. Y no digamos en la lengua...—añadió el experto con cierta malicia.
—¡Nooo! ¡Insisto en que lo quiero llevar donde les he dicho!
—A ver si lo entiende, señorita. Al menos tres veces se lo he intentado aclarar. No podemos colocárselo ahí, porque, casualmente —matizó con un reproche, que, a la vez iba rebosante de asombro—, ¡es posible que sea usted la única persona en el mundo que no tiene ombligo! ¡Qué cosa tan rara, mecachis! ¡No se lo podemos anclar ahí, porque le falta! ¿Entiende?
—¡Otra vez la misma majadería! ¡Lo que pasa es que en este país son muy poco profesionales!
Y se marchó furibunda, decidida a intentarlo en los Estados Unidos.

domingo, 21 de septiembre de 2014

EL HIJO PRÓDIGO



                                                                El hijo pródigo

Dos semanas habían pasado ya desde que el hijo pródigo regresara y su padre le recibiera en casa con una tierna, cariñosa y solemne bienvenida. Aquel joven, de próspera familia, no dejaba de mostrar su aflicción y su arrepentimiento por haber dilapidado su hacienda, tras mostrarse como un egoísta del todo ajeno al dolor de los suyos. La lección amorosa dada por su progenitor lo conmovió tanto que, en su cabeza, no latía otro pensamiento que no fuese el de compensar aquel gesto generoso que no sólo le había devuelto a él la felicidad, sino al patriarca y a toda su estirpe. El regreso, su regreso, fue sin duda el evento más memorable de todos cuantos en siglos pudiera ser recordado por los miembros de su linaje. No se podía quedar de brazos cruzados ante tan grande gesto de benevolencia. Tenía que hacer algo que consiguiese repetir el logro de tanta paz y tanta felicidad. Durante muchos días se devanó los sesos; estaba tan agradecido, que le resultaba imposible quedarse cruzado de brazos. Trabajaría en adelante mucho más que nadie, pero no lo consideró suficiente; adoraría a su padre por encima de todos los afectos y tampoco le pareció bastante. Evocó cientos de veces el abrazo de bienvenida por parte de éste y cientos de veces vio en los ojos del anciano la mayor de las alegrías. Por eso decidió volver a propiciar aquel sublime instante de extrema felicidad. Pocos días más tarde, en secreto, vendió todos los animales que pudo, se adueñó en silencio de la mayor suma de dinero posible y se encargó de desvalijar los guardados cofres llenos de joyas centenarias. Luego, sin que nadie lo advirtiese, con todo el producto de su saqueo, volvió a desaparecer, en esta ocasión sin despedirse, sin decir palabra. Ya muy lejos, aún seguía pensando: ¡Vaya alegría que volveré a darle al bueno de mi padre, cuando regrese!

miércoles, 17 de septiembre de 2014

BURBUJA



                                                                        Burbuja

Tanto tiempo sintiendo esa extraña sensación inaccesible a mis sentidos, alertada ante el sopor de mis divagaciones. Todo abstracto, enigmático, incapaz de airear el pálpito... ni tan siquiera por la vista, por el oído apenas, confusamente entendido por la razón de mi incauta naturaleza. Voces armoniosas, música aturdida en la magia cristalina del toque de un piano, suspiros cansados y anhelantes, gestos de ilusión confusa y de esperanza inquieta. Y mi mirada curiosa... perdida sin voz en un horizonte tan real como inexistente. Mis anhelos dormidos buscan despiertos las respuestas que se obstinan una y otra vez por alejarse de mi entendimiento. Intuyo el sol, lo intuyo; pienso que podría haberlo disfrutado ya cientos de veces; en ocasiones, el runruneo melodioso de las olas parece querer acariciarme con su sabor de frescura y su aleteo yodado y salino... y las risas, esas que vienen y van cantando cada día por todo mi entorno, afectándome con su regocijo, pero susurrando, incapaz de atrapar una sola de ellas. ¿Por qué no río yo cuando me siento tan feliz como el resto de las sonrisas que danzan en torno a mi figura? ¿Por qué no lloro cuando otros lo hacen mientras me contagian, sin pretenderlo, una pizca de su tristeza? Un sinfín de preguntas antes de la última pausa; después la actitud indómita dispuesta a descubrirlo todo. Y de pronto, el revuelo, la violenta lucha, el pulso echado al tiempo, las prisas, las carreras, el miedo y la ilusión dibujada en grito y aliento. Cruzo extenuado el túnel y termina por hacerse la luz sin que yo apenas sea capaz de divisarla. Cuando la palma de una mano segura y complacida, por fin golpea mis nalgas diminutas, comienzo a llorar satisfactoriamente...

lunes, 15 de septiembre de 2014

PENSAMIENTO



¿Cómo describir el cielo que está detrás del cielo?

miércoles, 10 de septiembre de 2014













“CANTO A LUCÍA (Poemas de amor en la distancia)” es un libro escrito durante una importante etapa de mi vida, publicado en el año 2013. He ido trayendo al blog cada una de sus composiciones, versos escritos con la mayor pureza que pudieran transmitir mis sentimientos. Fue hecho para alguien, el título lo dice, y para esa persona serán eternamente todos sus versos. “¿Dónde las alas?” es el primero de los poemas, publicado aquí hace tiempo. Se han ido sucediendo todos y hoy terminan con “Vete al puerto”. De este modo, cierro la página final de un poemario escrito con el alma.

martes, 9 de septiembre de 2014

VETE AL PUERTO


Vete al puerto

Vete al puerto amada mía, vete al puerto
y usurpa el velero que tranquilo duerme
decidido siempre al amanecer incierto.
Propón que el letargo de su quilla merme
invitándola a tentar la faz del mar abierto.

Vete al puerto amor y obliga a ese velero
a desperezarse bajo el sopor de las candelas
que lo aturden y lo hacen poco marinero.
Convéncelo de que ha de desplegar las velas
y encontrar en el soplo del viento a su remero.

Luego sé, de la nave, solitaria tripulante
embaucada por el horizonte y la lejanía
que imantan la pasión del navegante.
Gobierna, prosigue bogando por la letanía
de sal y espuma sobre el líquido ondulante.

Viaja apresurada entonces y ansiosa timonea
sobre la inmensidad impredecible y casquivana
que a todo navegante por capricho contonea.
No le hagas caso al mar, amor, boga liviana
hasta el lugar que en nuestras almas alborea.

Por el Atlántico también mi nave ya transita
sobre olas crecidas que muerden la madera
en la que pertinaz mi ardiente corazón gravita.
Desafiando embestidas, insiste mi galera
portando la ansiedad que en nuestro mar levita.

Voy hacia ti, esa es mi decidida singladura;
percibo que te acercas, te huelo en el deseo
tornada en timonel de pétrea armadura.
Balancéase mi nave y sin verte ya te veo
augurada en la oscilación de tu hermosura.

Pronto llegarás a ese punto de azul predestinado
que insistentemente llama también a mi goleta
a encontrarse en lugar jamás equivocado.
¡Tan grande amor nos ha traído hasta esa meta
que el mismo mar parece haberse enamorado!

VOZ Y SILUETA


Voz y silueta

¿Quién soy si tu mano no me aprieta
con los dedos de pluma y golosina?
¿Qué es de mí sin tu sabor a nectarina
adivinado tras tu voz y tu silueta?

Esa voz queda, melosa y ambarina
que acaricia mi razón, esa carpeta
imborrable cual piedra que es la veta
de un amor que comienza y no termina.

Esa figura grácil, sutil y enardecida
que me da la existencia y que me oferta
si quisiese irse, marcharse con mi vida.

¿Quién soy, pues, sin tu mano abierta?
¿Quién soy, dí, sin tu mano tendida?
¿Cómo planto el alma lejos de tu huerta?