jueves, 8 de agosto de 2013

SUSURROS DEL DUENDE. NÚMERO XXXI







¡Ay, si el corazón alguna vez hubiese advertido lo que hemos sido capaces de pensar! 
La vergüenza  le hubiese obligado a dejar de latir en ese mismo instante.


¡Cuánto me gusta la bruma de la tarde!
¡Qué inaudita experiencia verte venir a mí entre ella, antes de que acabe por difuminarse!


No sé lo que voy a hacer mañana. Si lo supiera, tal vez no lo haría.



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